La anécdota del Mercado de Puertollano que recorrió el mundo

Por Santiago Sánchez Serrano.

Les hablo de una época lejana y absurda, finales del 1983, cuando el mundo conocido estaba a punto de cambiar para siempre, por culpa de las primeras videocámaras  y los chándales de vestir, fue un año de héroes al estilo Flashdance. Lo siento por la ironía.

Por aquel tiempo, yo ayudaba a mi padre, (Santiago como yo) en la carnicería que tenía en el Mercado de abastos de Puertollano.

Básicamente subía los grandes despieces de animales y hacía las cuentas; todo aquel ajetreo al filo del amanecer, lograba que sudara y el cuerpo me pedía a gritos agua fresquita.

A pesar de todo ello, cada día, cuando mi padre me despertaba, parte de mi cerebro trataba de seguir dormido, me ponía la ropa como un robot y bajaba la calle Ave María, solo abriendo un ojo de cuando en cuando, hasta llegar no sé, ni cómo, a la dichosa carnicería.

Por eso, no debe extrañar, que todos los días, cual marmota, se me olvidara coger alguna botella de agua de mi casa, pues era yo muy de desayunar agua en ayunas.

Como todo tiene un principio, un día un poco más caluroso, le dije a mi padre que me iba a beber agua a la fuente Agria , que me pillaba más cerca que ir a mi casa y  lamentándome de no tener una botella a mano, para poder llenarla y tener así agua suficiente para más tiempo.

Mi padre, hombre de posguerra y acostumbrado a ver los objetos simples con muchas utilidades, sacó una de las bolsas trasparentes que teníamos para la carne picada, y  me dijo: ¡échala aquí! . Yo salí del mercado y me encaminé hacia la Fuente Agria, y allí recogí el agua en una bolsa y  le hice un nudo, la llevé otra vez hacia el puesto, en la primera planta del mercado.

Yo pensaba abrir la bolsa y con gran cuidado lograr que cayera el chorro sin mojarme , pero con el primer intento, vi que me ponía como una sopa , por lo que él volvió a hacer el nudo y rasgando con los dientes un pequeño orificio en un extremo logramos que funcionara a modo de botijo, lo malo es que quedando liquido y no sabiendo donde ponerlo para que no se vaciara, dudábamos donde dejarlo, hasta que en un gesto de intuición, me arrebató la bolsa y la ensartó en uno de los ganchos que allí teníamos para colgar los embutidos y jamones.

Hasta aquí, se podría decir que este trajín entre los dos, nunca habría salido de aquel pequeño cubículo; pero el destino que guarda siempre la mejor oportunidad, quiso que uno de los clientes de primera hora, que solían serlos dueños de pequeñas tiendas del extrarradio de Puertollano y de otros pueblos cercanos, (cada uno con su tranca y retranca), en concreto una pareja que tenía una tienda por el barrio de santa Ana, se fijara en aquella bolsa con agua que colgaba de un gancho. Al ver aquel artilugio, no pudo contener la pregunta y como fuera que había cierta aglomeración y cada uno con una chanza y una puya; digamos que fue un ambiente idóneo para descerrajar mi padre una respuesta de lo más absurda y socarrona: “eso es para las moscas”.

Aquella contestación produjo risa y desconfianza entre los asistentes, pero que a la vista de los acontecimientos posteriores, es fácil de imaginar que detrás de cada español hay un continente por descubrir.

La broma paso sin más, como tantas otras porfías y sandeces que diariamente contábamos  y escuchábamos, sin embargo, volví a repetir lo de llenar la bolsa con el agua de la fuente cuando me venía en gana, que era casi todos los días , solo guiado por la utilidad de aquel botijo inventado y lógicamente sin medir las consecuencias.

 Al poco tiempo acertaron a pasar por allí algunos pastores conocidos, de los que todavía hacían la trashumancia y que también gustaban de todas estas ocurrencias; y ante la misma pregunta, mi padre, ya sin inspiración y contento del asombro que había causado díasatrás, volvió a soltar aquello de las moscas. Pero en esta ocasión, me miró  con cara de pillo y nos reímos abiertamente, no era para menos…esperando las respuestas de aquellos ganaderosde Checa y Orea, que curiosamente optaron por comentar: que cosas más raras habían visto.

Yo, al ver aquel desvarío , les comenté que era para beber agua por las mañanas y que no me acordaba de bajar de mi casa una botella para llenarla como es debido.

Lo cierto es que entre sonrisas y “por si las moscas”…..jijijijijijji, la gente comenzó a ponerlas en sus negocios y los distintos ganaderos del Valle de Alcudia, en sus establos, y poco a poco la idea se fue extendiendo por toda España.

Lógicamente con el tiempo traspasó fronteras y empecé a oír todo tipo de razonamientos sobre el porqué de su funcionamiento, incluso la universidad de Minnesota, llegó a realizar un estudio sobre su “nula” utilidad.

Supongo que como siempre, habrá quien no me crea y quien se irrite por esta anécdota ocurrida hace muchos años, pocos protagonistas quedan de la historia, pero les doy mi palabra que así surgió y que antes de esta época oscura a nadie se le había ocurrido nada parecido, después llegarían otras versiones, como las botellas de agua en las esquinas para evitar que los perritos hagan sus cositas pero yo solo quería dejar constancia de lo que en este mercado aconteció hace ya muchos años.

¿Quién sabe si será  esta, la causa de la extraña desaparición de moscas que vivimos en Puertollano en los últimos años? o más bien, los gases invisibles de alguna fabrica, lo cierto es, como dicen los ecologistas, “que si no es buen sitio para los insectos, tal vez ya no sea bueno para el hombre”.

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